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Un país de hechiceras

ES DIFÍCIL, casi inverosímil, imaginarse la historia de Sherezade al revés: un hombre que, para salvar su vida, cuenta cuentos durante mil y una noches a una mujer todopoderosa. Hasta la ninfa y maga Calipso, en la Odisea, renuncia a sus poderes, que son muchos, para liberar de su abrazo enamorado a Ulises y dejarle regresar a Ítaca.
 
El sultán Shahriar, con el que tiene que vérselas Sherezade, es un cabrón sanguinario, por decirlo de forma educada, que cuenta en su historial con al menos tres mil feminicidios, los de las muchachas vírgenes a las que ordenó decapitar después de tomar posesión. Es el poder absoluto que se realiza en la pulsión destructiva y cuyo mayor goce será destruir al objeto del deseo. No parece ser un poder que se ablande, ni siquiera en el tálamo, ni que vaya a mejorar de humor por unos monólogos del antiguo club persa de la comedia.

Esa ficción cruel tiene un principio de realidad. El telón de fondo de Las mil y una noches es un escenario que se prolonga hasta nuestros días. Allí donde se viola y mata impunemente. Las metamorfosis de ese poder criminal, desde el sultán al último dictador o al capo que negocia con la trata de mujeres, siempre tienen como componente nuclear el machismo y la violencia. Por eso es tan acertada la palabra violación para definir todos sus actos. Se violan los derechos. Se violan los cuerpos y las almas. Se viola el lenguaje.
 
Después de vivir dos guerras, de las grandes, Elias Canetti se lamentaba no haber escrito más y más contra el lenguaje bélico: si unas palabras traen la guerra, otras podrían frenarla. Lo extraordinario de la historia de Sherezade, lo que a ella la mantiene viva y reactiva nuestro presente, es la manera en que la boca de la literatura frena la catástrofe. No estamos acostumbrados a que triunfe el activismo del sentir. Pero ocurre. El único patrimonio de Sherezade es la palabra poética, la boca que da a luz un lenguaje que no pretende dominar. Y ese activismo del sentir consigue un primer efecto revolucionario: desequilibra al poder.
 
Desde el momento en que quiere seguir escuchando, ya no es el mismo. Podría haber cortado de cuajo. Así hizo Stalin con Osip Mandelstam. Ordenó matarlo por un epigrama. Allí donde dice: “Como herraduras forja un decreto tras otro”. También lo desequilibró, pero su reacción fue acallarlo para siempre. Aquí pasó con nuestro mejor poeta: Federico García Lorca. Sherezade, en él, fue violada, asesinada.
 
Hoy podríamos hablar de una Sherezade colectiva, entendido como un taller que bulle de diversidad. En el ámbito creativo, en España, en Latinoamérica, seguramente en todo el mundo, lo más audaz, lo que abre paso, tiene el sello de Sherezade. En España se han publicado estos días dos antologías poéticas que son marcas del tiempo. Una, (Tras)lúcidas, edición de Marta López Vilar (Bartleby Editores) que incluye 29 autoras y poemas en castellano, gallego, euskera y catalán. La otra, Poesía soy yo, publicada por Visor, que alberga obra de 82 poetas de España y América.

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